En algún foro he oído el chascarrillo de que los ciudadanos medios (no de la Tierra Media, sino los asimilados a la norma estadística de la ciudadanía) alcanzan un punto adicional de felicidad gracias a su pasión por la prensa del corazón o prensa en papel cuché, con el argumento de que tal prensa rosa se basa en exponer por un lado (en un segmento de buenismo desprejuiciado liderado por “Hola” y por sus reportajes sobre la realeza de cuna y la práctica) las vidas de lujo y exclusividad de unos pocos, mientras que por otro lado alimenta el sensacionalismo sustentado por las supuestas desgracias de esas mismas celebridades y de una gran cohorte de famosos de medio-pelo y de personajes secundarios, para que los lectores primero identifiquen a los famosos -afortunados- y se regodeen después con sus errores, divorcios, fracasos, quiebras y desastres varios que les aquejan, por lo visto, a diario. La tesis implícita se resume en que constatar que “los ricos también lloran” nos hace un poco más felices; o un tanto menos desgraciados.

El discurso de la prensa del corazón, según Mar Fontcuberta, “tiene características propias frente al discurso periodístico ortodoxo: predominio absoluto de los personajes, cultivo del interés humano frente al interés público, una dedicación importante a las informaciones de la vida cotidiana y la utilización de lo verosímil frente a lo veraz”. Es decir, por un lado interesa más la cotidianeidad del personaje privado que el escenario público comunal, y por otro el rumor verosímil se impone al hecho contrastado. Y tal es lo que ocurre últimamente con la prensa tecnológica en general y con las noticias sobre IA en particular: parece que interesan sobre todo las tribulaciones y movimientos inter-empresas de los directivos, socios y consejeros de las compañías IA que navegan la ola del tsunami generativo, mucho más que la repercusión socio-económica de sus resultados tecnológicos o los avances científicos que tales suponen.

La historia del abrupto repudio de Sam Altman por parte del consejo de OpenAI, su entendimiento con Microsoft y su retorno triunfador al hogar se merece, como mínimo, un bolero. La salida de OpenAI de los actuales socios fundadores de Anthropic, quejosos de que más que Open la empresa se hubiera convertido en ClosedAI, tiene una réplica en la actual opacidad de Claude, debido a la ingente inversión inyectada en la compañía, nos habla del comportamiento de gemelos famosos que comparten los mismos genes y, quizás, parecido destino. Pero reparen en que estamos hablando de la realeza práctica, de la fama universal adquirida por unos recién llegados cuyo fulgor parece (y digo bien, sólo parece) haber eclipsado el relumbrón de las Big Tech (Google, Meta y el resto de los Siete Magníficos del NASDAQ). Y es que ese desprecio a Google, Microsoft, etc. (los Goliats) en favor de pequeñas compañías o iniciativas (los Davides, que de repente parecen conquistar los mercados y los corazones de los lectores de la prensa del tecno-corazón, tiene como base la necesidad de denostar a los poderosos para que lo parezcan menos, de forma que el enemigo de mi enemigo es mi amigo.

Pablo Peláez afirma, acertadamente, que OpenAI parece más “cool” que Google o Microsoft y, por tanto, le damos más y mejor crédito, a la compañía, a sus productos y a sus devenires, a la vez que nos preocupamos muchísimo más por sus asuntos internos: que si despido al CEO, que si vuelvo, que si sí pero no, etcétera etcétera. Yann LeCun se ha quejado, también, de esta perturbación en la dilección popular, pues cuando irrumpe ChatGPT en el mercado pareciera que nadie más estaba trabajando en LLMs, cuando en realidad Google o Meta, según LeCun, estaban más que preparados para lanzar sus bots conversacionales, pero no tenían la “avidez dineraria” de OpenAI.

Pero, dicho todo lo anterior, ¿es malo o pernicioso este universo rosa que rodea y casi esconde a las inteligencias artificiales generativas? ¡Muy al contrario! “There is only one thing in the world worse than being talked about, and that is not being talked about” (Oscar Wïlde, El Retrato de Dorian Grey). El ruido mediático está siendo tan importante que  ha empujado al mercado, en su más amplio sentido, hacia una profecía autocumplida: la percepción de que las empresas tecnológicas podrían perder una parte importante de sus mercados habituales debido a la focalización y uso extensivo de las IAs generativas ha ocasionado que, de repente, la mayoría de estas empresas se hayan abocado hacia LLMs, chatbots, interfaces conversacionales, optimización generativa de procesos y revisión de entrada/salida de sistemas BI, lo que, a su vez, ha generado más base de presión que va influyendo, iterativa y continuamente, en una actividad científica y técnica cada vez mayor en este campo.

Y aún más: resulta casi imposible decidir sobre tecnologías cuyos ámbitos, lindes y esquemas de aplicación nos sean desconocidos o, simplemente, muy lejanos, así que el boom informativo, ciertamente del corazón, pero con mucha sangre real que bombear, ha originado un interés real en los directivos de empresas de todos los sectores; y esto ha redundado en la necesidad de encontrar posibles puntos de contacto entre los procesos de la empresa y las posibilidades de las IAs generativas, generando una ebullición de propuestas y aplicaciones que, de nuevo y de forma iterativa y oportunista, están empujando al mercado en una dirección clara que parece hacer converger al resto de tecnologías en razón del interés de esta última.

Volviendo al principio del artículo, ¿nos hace un poco más felices la enorme difusión de la prensa IA en papel cuché? Sin duda alguna. Y se trata de una felicidad compartida. Aunque algo artificial, claro.