La teoría del instrumento de Kaplan se resume en la siguiente frase: “Si le das a un niño un martillo, en seguida descubrirá que todo necesita ser martilleado”; o según la formulación de Maslow, “si sólo tienes un martillo, todo parece un clavo”. En definitiva: cuando sólo tenemos una herramienta, parece que ésta ha de servir para todo, como el famoso destornillador de Birmingham o, en un contexto más castizo, como el bálsamo de fierabrás del Quijote.

Gerald Weinberg -a cuyos textos de consultoría tecnológica profeso rendida admiración- expuso brillantemente esta ley del martillo en su libro “The Secrets of Consulting”, en el que anota que frecuentemente el consultor cree tener un «martillo mágico”, prestigiado por la experiencia, con el que poder enfrentarse con éxito a todo tipo de situaciones. Es decir: si la pudo lidiar con monumentales instalaciones de ERPs y CRMs, o con integraciones de sistemas heredados con middleware SaaS, también podrá someter a las IAs para que se ajusten a las necesidades de las empresas. ¿Cómo? ¡Con el martillo mágico, claro! [y, que conste: algunos consultores lo tienen. Yo no lo he visto, pero sé que lo tienen]. Claro que, a veces, se acaban martilleando tornillos en lugar de clavos.

Pero la sublimación de lo anterior llega cuando son los mismos clientes los que fuerzan a martillear, que es lo que está ocurriendo con la IAG. Porque actualmente no parece concebirse ningún sistema que no esté aderezado por un “toque” de IAG, o un chatbot IA, o algo que tenga un aroma asimilable a IA. Se trata de un fenómeno similar al que ha ocasionado que en casi todas las cartas de los restaurantes encontremos tataki de atún, y que yo denominaría síndrome de los huevos duros, en reverencial referencia al famoso camarote de los hermanos Marx. Si no lleva IA no puede ser bueno, ni moderno, ni adecuado para estos tiempos.

El asunto es que no se trata de una moda volátil, como el tormentone italiano, por lo que, con independencia de la bondad de las razones que han conducido la IAG al podio de los deseos empresariales, lo que es una moda exigente, precisamente por su extensión, se ha convertido en una necesidad ubicua que requiere estrategias sólidas de concepción, diseño, desarrollo, despliegue, integración… y vuelta a empezar. A la fuerza ahorcan, y precisamente por eso la estrategia IA debe actuar como contenedor de las atractivas implantaciones de herramientas IA. Así, debemos plantear una estrategia para la migración controlada de proyectos en marcha, una estrategia de contratación de proveedores tecnológicos, una estrategia de integración de herramientas IA entre sí y respecto de los sistemas heredados de las empresas, una estrategia de mantenimiento (especialmente relevante en un mercado de vertiginosa rapidez evolutiva), una estrategia sobre medición del impacto de las inserciones IA y, entre otras, una estrategia de orientación-al-negocio de todo lo anterior. Con todo esto al menos el martillo estará por fin en manos de adultos, que es la mejor forma de causar menos daño y de golpear sólo los clavos y no los tornillos. Que es lo que queremos. Con dos huevos duros.